El bitcoin y la lucha de clases

El enfoque libertario de un mundo sin bancos es una idea altruista que emociona más a geeks blancos, ricos y jóvenes, que a las masas de trabajadores, según pudo verse en El Salvador.

El establecimiento del bitcoin como moneda oficial en El Salvador puso al desnudo un hecho: estos modelos económicos disruptivos, como es el caso de las criptomonedas, que proponen un mundo sin intermediación de los bancos; o Uber y las plataformas de movilidad compartida, que proponen un mundo sin monopolios del transporte tradicionales, parece que son del agrado y le encantan a una élite de geeks y tecnófilos de estratos medios y altos, y a una nueva generación de inversionistas tecnológicos que ven oportunidades de negocios, pero no los miles de millones de personas que no tienen nada, que viven con un dólar diario y que permanecen en el lado oscuro de la brecha digital. A los más pobres, a quienes habitan la base de la pirámide social, estos modelos les resultan tan clasistas y tan opresivos como los bancos.

A los más pobres, a quienes habitan la base de la pirámide social, estos modelos les resultan tan clasistas y tan opresivos como los bancos.Al menos así lo sugieren las protestas contra el bitcoin en El Salvador, ocurridas durante el pasado mes de septiembre y que no nacieron de los bancos (primero amenazados con las criptomonedas y con la utopía de un modelo económico sin presencia de ellos), sino de los sectores populares más afectados por las tasas de pobreza e inequidad.

Los vemos en Colombia, en donde las centrales sindicales se oponen férreamente a Uber, a Rappi y demás apps, con el argumento de que allí no hay derechos laborales y estas empresas no pagan la seguridad social de sus colaboradores.

En El Salvador crece la protesta contra el gobierno de Bukele, un líder joven y muy digital, muy geek, que pensó que el Bitcoin haría feliz a los salvadoreños. La semana pasada hubo manifestaciones masivas en las calles y por primera vez el mundo vio pancartas con “Abajo el Bitcoin”. Grupos de manifestantes quemaron uno de los nuevos cajeros de bitcoin instalados por el gobierno en la capital.

Ese “abajo el bitcoin” señala claramente la existencia de brechas sociales y económicas en el mundo que la tecnología – lamentablemente – no está cerrando, sino por el contrario, amplía más.

En la bonita utopía de sociedades altamente tecnologizadas, altamente digitales, las clases sociales más pobres siente que no hay un asiento para ellos. Los trabajadores informales salvadoreños, que la mayoría de los trabajadores, no tienen acceso a Internet, ni al mundo digital, y no saben cómo crear una billetera de criptomonedas en su celular, porque ni siquiera poseen un smartphone con esas capacidades.

La informalidad en las economías latinoamericanas es muy grande, y en este amplio segmento de ciudadanos no se perciben positivamente conceptos en boga como fintech, blockchain, robótica, Inteligencia Artificial y todas aquellas nociones de la economía digital que entusiasmas a las nuevas generaciones de las clases medias y altas, en países de ingresos medios y altos, y a los humanos con acceso a niveles educativos superiores, al bilingüismo y a la información.

 

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