Bill Gates: la antítesis del Tío Sam

El fundador de Microsoft pasó de ser considerado un frío y voraz capitalista que logró amasar la fortuna más grande del siglo 20, a convertirse en un filántropo altruista que pide a los ricos pagar más impuestos y donar sus fortunas. ¿Qué hay detrás de todo esto?

Por Álvaro Montes

Gates no es solo el empresario más rico del mundo, sino también el más raro de los capitalistas que existen en la actualidad. Tras retirarse de Microsoft, dio un giro asombroso a su vida, que lo llevó de brillante programador de software a experto en inodoros y de inescrupuloso estratega de negocios a reconocido financiador de la lucha contra el hambre y las enfermedades en el mundo. Ya no pelea con Steve Jobs sobre patentes y licencias, sino que discute con Piketty sobre modelos de desarrollo socioeconómico. Y así como un día, por allá en los años ochenta, vaticinó que su software estaría instalado en cada computador, y lo hizo realidad con Windows y Office, hace cinco años predijo que un virus peligroso pondría al mundo de rodillas. Y también acertó.

Pero un imperio no se construye siguiendo todas las reglas éticas y Microsoft no fue la excepción. Siempre se le acusó de competencia desleal, abuso de posición dominante, intención monopolista y de aplastar cualquier innovación emprendida por otros

A finales de 1995 Bill Gates, entonces con 40 años, alcanzó dos títulos inolvidables: fue declarado por primera vez como el hombre más rico del mundo por la revista Forbes, y se convirtió al mismo tiempo en el empresario más detestado de la cultura popular. Los activistas digitales veían en él a una especie de Sauron que encarnaba el espíritu del nuevo capital monopolista, ya no petrolero, como a comienzos del siglo veinte, sino informático, como cabría esperar en la nueva era de la revolución tecnológica que Gates ayudó a forjar. Frío y racional, su mente brillante lo llevó de niño genio de la programación a joven emprendedor visionario y después a amasar la mayor fortuna del planeta. Nada en su discurso ni en sus acciones hacía pensar que este líder de la industria del software, obsesionado por meter Windows en cada casa y en cada oficina y facturar sin cansancio por cada paquete Office instalado en los computadores de todos los países, terminaría convertido en el filántropo más importante de todos los tiempos y en la antítesis del Tío Sam, y que sorprendería al mundo cuando anunció que planeaba devolver a la sociedad todo lo que había ganado.

Bill Gates hizo que otros billonarios sintieran ganas de donar en grande para causas nobles. Su amigo Warren Buffet, el corredor de bolsa más exitoso de la historia, quien ingresó al Olimpo de los hombres más ricos del mundo especulando con acciones en Wall Street, donó más de la mitad de su riqueza – 35.000 millones de dólares exactamente – a proyectos sociales en África. Bill y su esposa Melinda lo inspiraron a semejante testimonio de altruismo, y juntos hicieron añicos la vieja y romántica noción de responsabilidad social empresarial. En un día típico, la Fundación Bill y Melinda Gates pone 20 millones de dólares para financiar el desarrollo de una vacuna, o 50 millones de dólares para apoyar un programa de inclusión educativa para niños latinos y afros en Estados Unidos. Este tipo de billonarios no regalan lo que les sobra, ni utilizan la figura de la donación para amortiguar impuestos, sino que literalmente están dejando a sus hijos casi sin herencia. De hecho, ya desde aquellos días en que fue declarado el hombre más rico del mundo por Forbes, Gates dijo en una entrevista que sus hijos no heredarían su fortuna y que tendrían que trabajar, como hizo él, para ganar cada dólar.

Gates ya no interviene en la conducción de Microsoft. Se retiró definitivamente a comienzos del presente año y del mismo modo que cuarenta años atrás pasaba días enteros escribiendo el código del sistema operativo que le daría fama y fortuna, hoy, a sus 65 años, pasa días y noches cavilando acerca de cómo resolver problemas profundos de la raza humana, como la cura contra el VIH y la malaria, o el suministro de agua potable para los países pobres. La escala de sus ambiciones sigue siendo descomunal; pero ya no pretende que haya un producto suyo en cada pantalla, sino que 4.000 millones de personas beban agua limpia o que los casi 40 millones de enfermos de Sida recuperen la salud. ¿Cómo fue posible el salto cuántico de este hombre introvertido y brillante, que lo convirtió en el tipo de capitalista que el mundo de hoy cree necesitar más que nunca?

La historia de este hombre es algo distinta a la de otros héroes del mundo empresarial. Hijo de una familia de clase media bien acomodada de Seattle, jamás conoció el hambre ni las afugias económicas. Su padre fue un exitoso abogado, y su madre una reconocida promotora de programas de caridad en Seattle, e infundió en él las bases de su posterior filantropía, la cual mantuvo bien escondida, por cierto, durante la construcción del imperio Microsoft. Aunque siempre fue un hombre tranquilo, sin las explosiones de mal humor o la megalomanía desmedida de otros líderes de la innovación tecnológica, como su amigo y rival Steve Jobs, Gates se hizo famoso en los pasillos de la compañía por su arrogancia intelectual. Descalificaba cada idea que escuchaba de sus ingenieros, a quienes les recordaba que escribió el código de la primera versión de Windows en dos o tres días, cuando éstos le pedían una semana para desarrollar un proyecto.

Nada en su discurso ni en sus acciones hacía pensar que este líder de la industria del software, obsesionado por meter Windows en cada casa y en cada oficina y facturar sin cansancio terminaría convertido en el filántropo más importante de todos los tiempos y en la antítesis del Tío Sam

La historia de cómo hizo de Microsoft la compañía de tecnología más importante de los últimos cien años es bien conocida. Siendo estudiante de secundaria, ingresó al club de informática que dirigía Paul Allen, un poco mayor que él y quien sería posteriormente su gran amigo y socio de negocios. Juntos vieron lo que nadie había visto antes: que el software sería la pieza clave de la cuarta revolución industrial, y no el hardware, como pensaban los ejecutivos de la todopoderosa IBM, creadora del primer computador personal. Fue entonces cuando Bill hizo su jugada más genial. Los ingenieros de IBM habían concentrado sus esfuerzos en el desarrollo de la arquitectura para reducir las descomunales máquinas de cómputo de los años sesenta, conocidas como “main frames” y convertirlas en computadores de escritorio para uso en el hogar y la oficina. Gates supo que necesitaban un sistema operativo y les dijo que tenía uno – que en realidad no tenía, pero que compró a un conocido, por apenas 50 dólares – y le propuso a IBM el negocio de su vida. No les vendería el sistema operativo, sino que les cobraría un dólar por cada computador personal que vendieran con ese programa pre instalado. Cuenta la historia que los ejecutivos de IBM rieron al escuchar la propuesta, que les pareció de la mayor ingenuidad por parte del jovencito flacuchento y gafufo sentado al otro lado de la mesa. Y, por supuesto, la aceptaron, porque estimaban vender 2.000 PC, a lo mucho. No tenían idea de lo que acontecería en las décadas siguientes con el computador personal.

El joven Gates dista bastante del Gates actual.

Pero un imperio no se construye siguiendo todas las reglas éticas y Microsoft no fue la excepción. Siempre se le acusó de competencia desleal, abuso de posición dominante, intención monopolista y de aplastar cualquier innovación emprendida por otros que pudiera constituir una amenaza al negocio. “Pretende ser Edison, pero en realidad es Rockefeller” le decían sus enemigos. Microsoft simbolizaba el software de propiedad privada y ánimo de lucro, opuesta a las ideas libertarias de los promotores del software libre y gratuito.

¿Qué hay en la mente de Bill Gates? Un documental en Netflix explora los entresijos de su racionalidad, para describir a un sujeto muy inteligente, que suele leer 14 libros durante un viaje, a una velocidad de 150 páginas por hora, y que es capaz de retener el 90 por ciento de la información. Una mente conexionista, que procesa los datos y los organiza en categorías y redes, para producir ideas originales y visiones novedosas de los temas que explora. “Cuando está quieto y callado tiene pensamientos increíblemente complejos, une ideas y ve el mundo de maneras que otros no pueden ver”, dice Melinda, su esposa.

Bill y Melinda se casaron en 1994. “No creí que conseguiría esposa” dice su hermana Elizabeth. Porque nunca fue un hombre sexy al que le gustara seducir chicas con su poder y riqueza. Desde niño fue un típico “nerd”, obsesionado con la solución de problemas a partir de una racionalidad matemática aguda. Pero es un hombre que realmente cree en la igualdad de géneros y Melinda, una brillante ingeniera que trabajó en Microsoft desde los 20 años y ocupó posiciones destacadas en la empresa antes de ser casarse con él, es realmente su socia en la Fundación que ambos dirigen. Aunque la opinión pública no lo sabe, ella no es solo la esposa del millonario.

Experto en sanitarios, financia un programa de innovación en saneamiento de aguas, nada que ver con software y líneas de código.

El Gates de hoy es todo un experto en vacunas y epidemiología, luego de más de una década participando, como financiador y ejecutivo, en proyectos de investigación de punta para derrotar la malaria, la poliomielitis y el VIH. No solo gira los cheques, sino que se involucra en los proyectos, conversa con los científicos y se reúne con pobladores de una aldea en Nigeria, lo que le convirtió en una autoridad en dos temas: salud pública y educación. Con frecuencia es invitado a dictar conferencias y en una de ellas, una famosa charla TED en abril de 2015, fue cuando vaticinó la pandemia que hoy tiene al mundo en hecatombe. “Si algo va a matar a más de diez millones de personas en las próximas décadas será un virus muy infeccioso, mucho más que una guerra. No habrá misiles, sino microbios”, dijo aquel día. Tenía claro que se ha invertido demasiado en armas nucleares y muy poco en sistemas de salud pública y que no estábamos preparados para una epidemia.

Durante los últimos ocho años ha invertido más de 200 millones de dólares en su mayor obsesión: hacer una revolución tecnológica en el saneamiento de las ciudades, lo que le llevó a convertirse en el mayor experto mundial en inodoros y a desarrollar, gracias al trabajo de su amigo Peter Janicki, una celebridad en la ingeniería aeroespacial norteamericana, un sistema de procesamiento de desechos, que convierte las heces en energía y agua limpia, sin utilizar electricidad ni agua, y que ellos proponen como alternativa mundial para dotar de sistema sanitario a las miles de ciudades que no poseen hoy alcantarillado ni tratamiento de aguas residuales. También desarrolló ideas para producir energía limpia y barata y para mejorar radicalmente la calidad de la educación en Estados Unidos.

En un artículo en el Washington Post propuso el confinamiento total, apagando la economía norteamericana por al menos seis semanas, junto con la implementación masiva de pruebas para detectar a los portadores del virus, así como mayor inversión en el desarrollo de vacunas, exactamente estrategias contrarias a las que Donald Trump adoptó. El año pasado llamó la atención una declaración suya en la que hizo guiños a Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez, voces del ala más a la izquierda del Partido Demócrata, e insistió de nuevo en que los ricos deben pagar más impuestos. Y en su blog personal hizo elogios al libro “El capital en el siglo XXI” del economista de izquierda Thomas Piketty, con quien incluso polemizó sobre aspectos de la teoría de la desigualdad. Pero Gates está lejos de ser un socialista norteamericano. Cree en la propiedad privada, en la acumulación de riqueza como fuente de desarrollo y piensa que la filantropía, más que la democracia, es el camino expedito para reducir la pobreza en el mundo. Y ha convencido ya a 204 ricos de varios países para seguir su ejemplo de donar la mitad de sus fortunas.

Y no obstante que ha llevado a la práctica lo que pregona, su fortuna personal es inmensa, calculada en 103.000 millones de dólares, la mayoría de los cuales están puestos en la Fundación. En medio de la filantropía, no ha renunciado a su talento para hacer crecer el dinero y es todavía un empresario con olfato para los negocios.

Publicado originalmente en revista SEMANA, edición 1980, abril de 2020

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