No es cuestión de TikTok: Análisis del impacto digital en los resultados electorales

Hay que evitar el facilismo simplista de creer que las redes sociales llevaron al candidato Rodolfo Hernández a la segunda vuelta. ¿Cuál fue el verdadero efecto tecnológico sobre la conducta política de los colombianos?

Por Álvaro Montes

La opinión común por estos días es que TikTok puso al candidato Rodolfo Hernández en la segunda vuelta. La idea simplista de adjudicarle a TikTok las decisiones electorales nace del éxito de la estrategia digital que reportó Donald Trump en su primera aspiración presidencial en el año 2016. Se dio por aceptado que una “magistral” operación de tecno política lo puso en la Casa Blanca, pero nadie quiso ver que cuatro años más tarde – siendo ya presidente y con todo el poder que ello confiere – esa misma estrategia digital fracasó.

Quienes viven del marketing digital tratan – lo lograron, de hecho – de convencernos que, sin redes sociales no hay universos posibles. Tal como quien vende empanadas quisiera hacernos creer que las empanadas son esenciales para la vida en la Tierra. Y tal como en los ochenta las agencias de publicidad nos decían que sin televisión el mundo no funcionaba.

Desde la observación seria y rigurosa de las tendencias tecnológicas y digitales confirmo que no es cuestión de Tiktok, y no se encuentran en las redes sociales las únicas ni absolutas explicaciones de lo que ocurre en el mundo. Hay que abandonar el facilismo dominante de creer que las redes lo definen y lo explican todo. Por el contrario, los resultados de la primera vuelta ofrecen evidencias de que existen condiciones en la sociedad y la cultura más decisorias que las estrategias digitales de las campañas políticas.

En el social media nacional Rodolfo Hernández no fue el más exitoso de los seis candidatos. Ni siquiera el segundo ni el tercero. Ni por engagement, ni por número de seguidores. Su auge tiene más que ver con el rechazo de sectores de la población a la dualidad Petro-Uribe, en combinación con una cultura política empobrecida, que aplaude la ramplonería y la vulgaridad en el ejercicio del servicio público y desprecia el debate de ideas, las propuestas programáticas y las reflexiones sobre modelos económicos. Federico Gutiérrez, Sergio Fajardo y Enrique Gómez tenían propuestas programáticas y también hicieron presencia en las redes, asesorados por expertos. No es que ellos no vieron el mundo digital. Así que no es TikTok el que puede ayudarnos a entender la conducta del electorado.

Para varios analistas del comportamiento electoral, este tipo de personajes estrambóticos son capaces de hacerse un espacio político importante cada vez que la sociedad no tiene claro a quién elegir, y no cada vez que echen mano de las redes sociales.  No sería la primera vez que esto ocurre en Colombia. El lustrabotas de la Plaza de Bolívar en Bogotá, Luis Eduardo Díaz, lo logró en el año 2000, empujado por Yamit Amat y los medios de comunicación tradicionales, sin red social alguna, que no existían. La historia terminó mal – de qué otro modo podría terminar – y por unos años era corriente escuchar a la ciudadanía despotricar de los medios que provocaron el fallido experimento. Basados en datos y no en creencias, podemos inferir:

Las redes no eligen. “Lo digital carece de fricción, es un mundo sin fuerza de gravedad, y votar tiene fuerza de gravedad; significa que usted tenga inscrita la cédula, que esté dispuesto a desplazarse hasta el puesto de votación, que crea en el sistema. Todo ese se requiere para que el voto llegue a la urna“, nos recuerda Carlos Lemoine, líder de estudios de transformación y apropiación digital del Centro Nacional de Consultoría.

El ascenso de Rodolfo Hernández, segundo en votación, no guarda relación directa con su supuesto éxito en redes. En las plataformas es el cuarto en popularidad. Colegas periodistas de tecnología están diciendo con ligereza que el éxito de Rodolfo en TikTok se tradujo en votos, pero eso está sin demostrarse. Nadie ha encontrado relación directa, más allá de la suposición, entre los videos ridículos de Hernández y los sufragios obtenidos, y nadie ha probado que una persona vio a un candidato – el que sea – bailando en TikTok y salió a votar por él. No hay estudios que respalden eso; solo presunciones.

Los programas no sirven para nada, en la era del pensamiento líquido. Podemos afirmar que las propuestas programáticas no tienen mayor impacto en la decisión de voto. Rodolfo Hernández carece de programa y propuestas, no tiene idea de esas cosas ni le interesa el pensamiento académico. Su más profunda narrativa es “acabar con la ladronera” y afirmar que las mujeres deben quedarse en casa cocinando. Con narrativas similares, muchos sujetos consiguieron la presidencia en otros países, en los tiempos pre digitales, sin TikTok de por medio.

El populismo es un antiguo y muy estudiado fenómeno de la cultura política latinoamericana, presente a lo largo de la historia de la región. Pero hay que leer y documentarse. No basta con saber de retuits, métricas y técnicas de SEO para comprenderlo.

Dijo Carlos Lemoine que después de décadas de seguimiento riguroso al comportamiento electoral del país nadie sabe todavía “cómo votan las personas”. Tanto Lemoine como César Caballero, de Cifras y Conceptos, afirmaron que probablemente las redes tienen alguna influencia en la opinión política de los colombianos, pero nadie sabe cuánta es su magnitud y en todo caso es limitada.

Las encuestas, nuevamente, mostraron más exactitud que las Google Trends. No es cierto que Rodolfo le quitó votos a Petro y a Fico. Obtuvo su crecimiento vertiginoso de los indecisos, en las regiones en donde Petro y Fico eran débiles, incluidas regiones sin conectividad, en las cuales es absurda la sola idea de adjudicarle a TikTok la decisión de voto. Regiones en donde las Farc dejaron su peor huella y probablemente la población rechazará por muchos años todo lo que le huela a “izquierda” y a “paras”. Los votos obtenidos por Petro, Fico, Fajardo, Gómez y Jhon Milton Rodríguez fueron exactamente los vaticinados en las últimas encuestas publicadas una semana antes.

Perfiles grotescos son una tendencia global exitosa. Lo extravagante, atrevido y sensacional maridan perfectamente con la modernidad líquida dominante y con la cultura del clickbait. Ya lo vimos con Donald Trump, Jair Bolsonaro, Duterte en Filipinas o Abdalá Bucaram en Ecuador, mucho tiempo atrás. Personajes que ostentan su incultura, el machismo eterno y la ramplonería en el hablar, y que no esconden su historial de corrupción, pueden tener éxito en la política y cosechan admiración, aplausos y votos, entre sectores de la población que aprueban socialmente tales perfiles. ¿Por qué a los humanos les gustan esas cosas? Allí está la psicología social para explicarlo.

La corrupción es la preocupación que más pesa en los colombianos. Y quien la promete de la manera en que el pueblo quiere escucharla, se gana el respaldo. Una franja grande de ciudadanos, al parecer una de al menos 6 millones de votantes, solo quieren ver corruptos lapidados y congresistas sin camionetas. O al menos la promesa de que eso pasará. Y de la misma manera como las personas son felices simulando en las redes la justicia ideológica que no pueden vivir en el mundo real, así también se regodean en la falsa sensación de victoria sobre los corruptos que un discurso populista promete.

El malestar en la cultura. Coincido con Sara Tufano en que el ascenso de Rodolfo Hernández tiene que ver con la adoración al patriarca que viene a “poner en orden la casa”. Es la inclinación de un sector grande de colombianos hacia el patriarcado, el racismo, el clasismo y la homofobia. Esos sentimientos han acompañado a los humanos por milenios y no nacieron en la era de las redes sociales.

Suelo discutir con personas muy jóvenes a quienes les cuesta imaginar cómo era el mundo antes del smartphone. Están convencidas que el Paro Nacional del 2021 solo fue posible porque existe Twitter, e ignoran – dado que no leen ni se interesan en la historia – que hace 74 años hubo un estallido social llamado El Bogotazo, al lado del cual las barricadas de la “primera línea” en el Portal de las Américas son apenas un juego de niños. Desconocen que, si convertimos los ocho o nueve milenios de historia de las sociedades humanas a la escala temporal de un año, Facebook, Twitter y TikTok apenas ocupan las últimas fracciones de segundo.

Durante cinco o seis décadas, la televisión fue el medio hegemónico de la comunicación social en el mundo. En ese lapso creíamos que sin TV no era posible ganar elecciones, gobernar países y ser felices. Tal como se cree hoy de las redes sociales, con sus apenas diez años de hegemonía comunicativa.

Analistas digitales ponen su fe en las redes sociales para orientar el destino de la humanidad, y suponen que bastaría con hacer las cosas bien allí para mejorar el mundo. En realidad, como hemos visto, hay tendencias globales y condiciones históricas, culturales y educativas de la sociedad que explican mejor los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia. No es cuestión de TikTok.

Publicado originalmente en revista CAMBIO, 31 de mayo de 2022.

 

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