Sobrevivieron a todos los terremotos

En el centro de Bogotá, un puñado de tiendas de discos de vinilo aguantaron las tormentas del mp3, el iTunes, el streaming y la pandemia de Covid 19. Hoy gozan de cabal salud, convertidas en templo de los melómanos, y la historia les dio la razón. ¿Cómo lo consiguieron?

Por Álvaro Montes

La electrónica retro, esa religión terca que se niega a sucumbir, tiene un templo en la Avenida 19 con carrera 8 en Bogotá. En las tiendas de música en el segundo piso del modesto centro comercial Omni, hay discos de vinilo – no de los nuevos que la cultura hípster ha puesto de moda en las grandes capitales del mundo – sino de aquellos, de los que fueron prensados antes de la aparición de los formatos digitales. Hay casetes TDK y Maxell, empacados en celofán, fabricados dos décadas atrás y todavía sin estrenar, y la música suena en bafles ochenteros, conectados a poderosos amplificadores que Sony dejó de producir hace muchos años. La revolución que sacudió a la industria musical al comenzar el presente siglo, que inició con el iPod, la tienda iTunes y la compresión mp3, y que alcanzó su gloria con el streaming y las listas de Spotify, pasó por esa esquina del centro de la ciudad casi sin rozar a estos vendedores de música empedernidos, que durante muchos años fueron vistos como piezas de museo y cuya muerte lenta parecía inevitable.

Pero los disqueros de la 19 no solo fueron capaces de sobrevivir al terremoto de la revolución digital, que condenó a muerte a cualquier tecnología análoga presente en La Tierra, sino que sobrevivieron a la pandemia de la Covid 19, que tiró a la lona a poderosas tiendas y emblemáticos negocios ubicados en esa misma calle tradicional de la capital colombiana; pero no a estos pequeños refugios del pasado, santuarios visitados cada día por la secta de los amantes de la buena música.

Vicente Rendón, uno de los más conocidos vendedores de discos de la Avenida 19 en Bogotá. Amante de la electrónica ochentera, nunca ha tenido un teléfono móvil.

La Musiteca, Top Musical y tres o cuatro locales más se mantuvieron en la raya, guardaron respeto a la aguja de cristal, al tornamesa y, como máximo pecado permitido, al Compact Disc. Hasta que su fe de carbonero ha sido finalmente recompensada. Tras el huracán digital, los discos de vinilo están de regreso – no se sabe muy bien por qué – y estos vendedores de música hoy sacan pecho.  “La mayoría de las personas que hoy compran música en vinilo nunca compraron un CD y están descubriendo la magia del Long Play, que es una obra de arte desde el lado A hasta el lado B y no simplemente canciones sueltas”, dice Vicente Rendón, del local 211, un paraiso para amantes del rock.

Vicente es un testimonio viviente de la cultura tecnológica de los ochenta. La aparición del teléfono móvil no lo sedujo y decidió que jamás tendría uno. Léase bien, nunca ha utilizado un celular y los amigos deben llamarlo al número fijo, que atiende desde un viejo teléfono Siemens color beige. El último dispositivo electrónico que compró es un walkman Sony Sports, con bajos profundos y radio AM y FM, por allá en 1984, el cual conserva en perfectas condiciones. Adora la disciplina de rancio coleccionista, con sus rituales de mantenimiento artesanal de cada LP, que incluye lavarlo con Los disqueros de la 19 no solo fueron capaces de sobrevivir al terremoto de la revolución digital, que condenó a muerte a cualquier tecnología análoga presente en La Tierra, sino que sobrevivieron a la pandemia de la Covid 19jabón líquido y agua, ponerlo en una bolsa plástica y limpiar las carátulas de cartón. Conserva una colección milagrosa de discos, protegidos con celo durante los años más duros de la tormenta digital y que hoy se venden por hasta tres veces el precio de un vinilo nuevo. Porque a pesar del resurgimiento de los discos de vinilo, que actualmente están en auge en muchas partes, los melómanos bogotanos extremos buscan los discos antiguos, producidos en la época dorada de la industria musical.

Discos de vinilo se venden en tiendas sofisticadas del norte de Bogotá, semejantes a las que hay en Londres, San Francisco o Nueva York. No obstante, los disqueros de la Avenida 19 siempre fueron otra cosa.  Sus propietarios llamaban a sus clientes por sus nombres y fungían como asesores y consejeros en lugar de solamente vendedores. En muchos casos ejercían el papel de mentores de los clientes nuevos, a los que iniciaban en el secreto y delicioso culto religioso de la melomanía y el coleccionismo.

John Vargas, propietario de Top Musical, en el local 212, es uno de los más antiguos comerciantes y coleccionistas de vinilos en Bogotá.

John Vargas, propietario de Top Musical, en el local 212, es heredero de la más pura tradición. Su hermano Pedro fue el primero que en 1970 puso un kiosko de discos en un andén de la 19, junto a los vendedores de libros que pululaban entre la carrera 7 y la avenida Caracas. En 1979 se sumaría Saúl Álvarez, fundador de la Musiteca y uno de los disqueros de la 19 más recordados y queridos por el público. Por casi veinte años, las pequeñas casetas metálicas apiñadas sobre la acera constituyeron una escena emblemática del centro de la capital, hasta que, en la noche del 18 de agosto de 1989, justo a la misma hora en que el candidato presidencial Luis Carlos Galán era baleado en una plaza en Soacha, buldózeres enviados por el alcalde Pastrana levantaban con brutalidad las casetas de libros y discos que invadían el espacio público en el centro de Bogotá. La alcaldía les ofreció como alternativa instalarse en el edificio Omni, a donde se mudaron unos pocos, porque la mayoría temían perder a sus clientes callejeros si se confinaban en un centro comercial. Los vendedores de libros se acomodaron unas cuadras más allá, en los locales de la calle 12, y ahí se mantienen hasta hoy.

Salsa, jazz, bolero, rock y otros géneros clásicos se consiguen en vinilos prensados en los tiempos pre digitales.

La década siguiente trajo el florecimiento del Compac Disc, mientras el vinilo empezaba su legendaria agonía, y ellos acogieron el nuevo formato porque les permitió mantenerse vigentes. Los melómanos iban hasta allá para pedir por encargo colecciones de jazz del sello LaserLight, que había migrado las grabaciones clásicas al mundo digital, y cambiaban los LP por CD. Una fuente de ingresos era también el servicio de transferir la música desde vinilo y casete a CD. El susto de los buldózeres quedó atrás y la mudanza desde los andenes a los locales más formales, con caja registradora y vitrinas, parecía un final feliz.

Ignoraban que sus peores días estaban apenas por llegar. Muy lejos de allí, en California, Steve Jobs preparaba en los laboratorios de Apple el artilugio que iba a noquearlos: el iPod. No habría más discos, ni equipos de sonido ni carátulas, sino listas de archivos en formatos comprimidos como el mp3 y el ACC. Ya no se venderían trabajos completos de un artista, que constituían una pieza integral con un concepto estético, desde la carátula hasta las diez o doce piezas incluidas en el disco, sino canciones sueltas a menos de un dólar cada una. El mundo estaba cambiando y ellos pertenecían a una era condenada a la extinción. De hecho, las grandes cadenas de tiendas musicales como Towers, Codiscos y demás, sucumbieron en el primer round. Pero no los disqueros de la 19, verdaderos mohicanos de las tecnologías análogas.

Pedro Vargas se retiró, pero su hermano John, quien ingresó al negocio en 1980, ha sostenido a su familia con el pequeño local de la 19. “Para nosotros el vinilo no es una moda. Nunca lo fue. Para nosotros es una cultura”, afirma este especialista en música afrolatina, cuya tienda es refugio de los puristas de la salsa y la música cubana. Para él es claro que el mercado de discos está prácticamente desaparecido, y que su tienda hace parte de un fenómeno particular de sobrevivientes, cuyo motor es la pasión por la cultura del disco.

La clientela ha cambiado, desde luego. En los ochenta los melómanos exquisitos y los coleccionistas compraban “acetatos” para completar la obra de un determinado músico. Se desplazaban hasta el centro de la ciudad porque sabían que allí podrían encontrar esa grabación perdida de Benny Moré que no se conseguía en las tiendas de cadena. Hoy reciben a un público joven, a veces hijos de aquellos viejos clientes, que heredaron el gusto por lo clásico, o aficionados a la buena música que están emocionados con el renacimiento del disco y su sonido natural, libre de manipulaciones computacionales.

Los disqueros de la avenida 19 mantuvieron encendida la llama de la electrónica pre digital. A su alrededor se conservó una comunidad de melómanos que gustan del sonido artesanal y rústico, porque – dicen ellos – se aproxima más a la experiencia de escuchar al artista en vivo.Conseguir el disco es apreciar la música y escucharla directamente del artista”, dice Andrés Méndez, estudiante de historia del arte en la Universidad de Los Andes y cliente asiduo de la avenida 19. Con 21 años de edad y aficionado al tango, asegura que ni en Deezer ni en Spotify se consiguen las piezas más apetecidas por los coleccionistas consumados. Pero sí en las tiendas de esta popular esquina bogotana.

En las tiendas de discos es posible encontrar casetes nuevos y grabaciones muy difíciles de conseguir, que son codiciadas por coleccionistas.

Los disqueros de la avenida 19 mantuvieron encendida la llama de la electrónica pre digital. A su alrededor se conservó una comunidad de melómanos que gustan del sonido artesanal y rústico, porque – dicen ellos – se aproxima más a la experiencia de escuchar al artista en vivo. Los miembros de esta comunidad repudiaron los efectos especiales y la pureza artificial del sonido, y conservaron la cultura retro de tocadiscos, cintas, bafles y amplificadores. Y después de pasar temporadas tormentosas, la tecnología los ha devuelto al lugar que merecían.

Cuando los confinamientos obligatorios fueron levantados poco a poco, tras varios meses de pandemia, las tiendas de discos abrieron sus puertas. Y los clientes regresaron, con tapabocas y gel, para recuperar la tradición de comprar discos de vinilo, camisetas estampadas con los artistas de la Fania All Stars y mantener vivo el vicio de las tecnologías análogas.

 

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    5 COMMENTS

  • Jeniffer

    Me encantó, también porque me trajo tantos buenos recuerdos… Gracias.

    • Álvaro Montes

      Jeniffer, yo también desaté nostalgias escribiendo esta historia. Fue muy emocionante visitar las tiendas, conversar con ellos, entrar allí d enuevo, como en los viejos tiempo.

  • Sandra

    Apreciado Álvaro, gracias por traer a mi memoria los tiempos en que disfrutaba de la música haciendo uso de los discos de vínilo. Tengo gratos recuerdos de la colección de mi padre que basicamente tenía música colombiana y mexicana y de la colección de don Tomás, padre de mi mejor amiga, que tenía joyas de la música caribeña.

    Me da cierta nostalgia pensar que ambas colecciones junto con la que yo había empezado fueron víctimas de la vida nómada que decidimos llevar (quienes las heredamos) y debido al peso físico que signifícan fueron a parar en estos santuarios para melómanos a los que usted hace referencia, espero que hayan caído en buenas manos y su contenido aún en mejores oídos.

    El ritual alrededor del disco de vinilo, tener la carátula en las manos, ojearla por ambos lados, convocar a los amigos a disfrutar de la última adquisición, todo esto y más no será facilmente reemplazado por ninguna app, aunque debo reconocer que me encanta el streaming por que voy con “mi” música a cualquier parte y sin peso.

    Un aplauso para quienes conservan las tiendas a pesar de todo, espero poder visitarles algún día.

    Sandra

    • Álvaro Montes

      Gracias, Sandra. Sí, hay una buena dosis de nostalgia en esta historia. Lo interesante es que esa nostalgia tiene vida, se puede disfrutar todavía. Senti mucha alegría el año pasado, cuando pude acercarme tras el confinamiento, y ver que las tiendas de la 19 habían sobrevivido.

      • Sandra Camargo

        Me encantó el artículo . Me siento identificada. Logro recordar los buenos sitios de salsa y bohemia de los 80 y 90 en Bogotá, dónde el vinilo era el protagonista y acogía a grandes personalidades de la vida social, política y cultural del país.
        Me alegra mucho la existencia y el trabajo de éstas tiendas.

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